El origen de la mítica travesía clandestina en las autopistas estadounidenses
Mucho antes de que el manga moderno llevara a jinetes ficticios a cruzar el territorio norteamericano, un grupo de entusiastas del motor desafió los límites de la velocidad en las carreteras públicas. La legendaria competencia conocida como Cannonball Run nació a principios de la década de los setenta por iniciativa del periodista especializado Brock Yates y su colega Steve Smith, ambos integrantes de una conocida publicación automotriz.
El objetivo inicial consistía en comprobar la eficiencia de la recién desarrollada red de autopistas federales mediante un recorrido extremo de costa a costa. Como tributo a la historia del deporte motor, el evento fue bautizado oficialmente como Cannonball Baker Sea-to-Shining-Sea Memorial Trophy Dash, honrando la memoria de Erwin George ‘Cannon Ball’ Baker, un célebre piloto que rompió múltiples marcas de resistencia a inicios del siglo pasado.
La primera prueba de reconocimiento se llevó a cabo en mayo de 1971, pero la verdadera competencia clandestina arrancó oficialmente en los primeros minutos del 15 de noviembre de ese mismo año, partiendo desde un garaje en Nueva York con la meta fijada a 4,607 kilómetros de distancia, en la costa de California.
Estrategias, libertad de ruta y vehículos inverosímiles
La dinámica de la prueba era sumamente simple en apariencia: el ganador absoluto sería aquel competidor que lograra trasladarse desde el punto de partida hasta la meta en el menor tiempo posible. Sin embargo, la ejecución requería de planes sumamente complejos y una enorme dosis de audacia.
Los organizadores no establecieron rutas obligatorias ni puntos de marcaje intermedios. Cada participante decidía libremente el trayecto, las paradas para repostar combustible y los relevos al volante. Al disputarse en vías abiertas al tránsito cotidiano, las leyes de tránsito debían ser respetadas teóricamente; no obstante, cualquier infracción o multa policial únicamente implicaba una pérdida crítica de minutos en el cronómetro global.
La diversidad mecánica fue otra de las grandes características del evento. Lejos de requerir prototipos profesionales de competición, la parrilla de salida albergaba desde muscle cars hasta vehículos familiares y camionetas de carga. En 1971, el propio Brock Yates y el piloto Dan Gurney se alzaron con el triunfo a bordo de un Ferrari 365 GTB/4 Daytona, registrando un tiempo total de 35 horas y 54 minutos.
Para la edición celebrada en 1972, la victoria quedó en manos de un Cadillac Coupe de Ville, demostrando que el lujo y el confort podían imponerse a la pura deportividad. Sin embargo, uno de los movimientos más memorables ocurrió en 1979, cuando Yates y el cineasta Hal Needham compitieron utilizando una ambulancia pintada de naranja y blanco, simulando una emergencia médica para eludir la vigilancia de las autoridades.
El salto a la gran pantalla y su huella en la cultura pop
Las anécdotas acumuladas durante estos polémicos trayectos trascendieron el ámbito especializado para convertirse en material cinematográfico. En 1981 se estrenó la película titulada The Cannonball Run, escrita por el propio Yates y dirigida por Hal Needham. El largometraje reunió a un elenco estelar que incluyó a Burt Reynolds, Dom DeLuise, Farrah Fawcett, Roger Moore, Jackie Chan, Dean Martin y Sammy Davis Jr.
La producción de Hollywood adaptó fielmente múltiples situaciones reales vividas por los corredores originales. De hecho, la ambulancia empleada por Yates en la competencia de 1979 fue la misma que apareció en la película, consolidando el estatus de leyenda urbana de la prueba.
Años más tarde, este legado impactaría la industria del entretenimiento japonés. En una entrevista concedida el 26 de febrero de 2004 para el medio Aomaru Jump, el reconocido mangaka Hirohiko Araki reconoció que tomó como inspiración directa el título de aquella cinta para bautizar la séptima parte de su famosa obra:
“Esos malditos locos lo hicieron”
Aunque las reglas del impreso cambiaron radicalmente al ambientarse en el Viejo Oeste del año 1890 —sustituyendo los motores de combustión por caballos y añadiendo misterios sobrenaturales al trayecto—, el espíritu de aventura y la travesía de costa a costa sobrevivieron gracias a la memoria de aquellos intrépidos automovilistas.


