La crisis habitacional que sacude a Europa, con recientes movilizaciones masivas en España tras el desalojo de una anciana y el encarecimiento histórico de los alquileres, pone sobre la mesa un fenómeno que también afecta con fuerza a México. Las dificultades para acceder a una casa propia ya no son exclusivas de los sectores más vulnerables, sino que estrangulan de manera directa a los sectores de ingresos medios.
Panorama de precios y encarecimiento inmobiliario
De acuerdo con el Índice de la Sociedad Hipotecaria Federal, el valor promedio de una vivienda en el país alcanzó 1 millón 960 mil pesos al cierre del primer semestre de 2026, lo que representa un incremento anual del 7.9 por ciento, duplicando la inflación registrada en el mismo periodo. El impacto es aún más severo en el segmento económico-social, el cual se encareció un 10 por ciento, superando el ritmo de crecimiento de la categoría media-residencial.
En demarcaciones como la Ciudad de México, la situación se complejiza de forma drástica al registrar un precio promedio de 4 millones 285 mil pesos a nivel general.
Requisitos bancarios fuera del alcance general
Adquirir una propiedad mediante un esquema de financiamiento tradicional exige desembolsos iniciales muy elevados. Tan solo para cubrir el enganche se requiere un promedio de 390 mil pesos, monto al que deben sumarse los gastos notariales, avalúos y comisiones. En total, las familias necesitan reunir cerca de medio millón de pesos en ahorros previos.
A este obstáculo se suma el costo del dinero. Aunque el Banco de México ha mantenido su tasa de referencia en el 6.50 por ciento, la tasa hipotecaria promedio reportada por la misma institución ronda el 11.3 por ciento. El Costo Anual Total (CAT) promedio, que integra seguros obligatorios y comisiones, asciende al 13.8 por ciento, con rangos que pueden superar el 28 por ciento en los productos financieros más costosos.
Simulaciones de la Condusef detallan que para comprar una vivienda de precio promedio nacional es indispensable comprobar percepciones mensuales de entre 32 mil y 60 mil pesos. Instituciones como BBVA solicitan ingresos de 63 mil pesos, mientras que Banamex fija el requisito en casi 61 mil pesos. En la capital del país, comprobar ingresos mensuales superiores a 130 mil pesos es el umbral mínimo para calificar.
La desconexión entre salarios y el mercado inmobiliario
Al contrastar estas exigencias con la realidad económica de la población, la brecha se vuelve evidente. Datos de la ENOE del INEGI revelan que, durante el segundo trimestre de 2026, el 46.5 por ciento de la población ocupada percibía únicamente hasta un salario mínimo, equivalente a unos 9 mil 582 pesos mensuales. En el extremo opuesto, apenas el 0.8 por ciento de los trabajadores declara percepciones superiores a los cinco salarios mínimos, es decir, más de 47 mil 912 pesos.
Esto significa que las exigencias de la banca comercial para financiar la vivienda promedio marginan a al menos 95 de cada 100 personas ocupadas en el país. Incluso el salario promedio de cotización registrado en el IMSS, ubicado en unos 20 mil 500 pesos al mes, representa apenas una tercera parte de lo que solicitan las instituciones financieras.
El dilema de la franja intermedia
Mientras la banca fondea de manera prioritaria la cúspide del mercado —con créditos que promediaron los 2.54 millones de pesos—, la base de la pirámide laboral recurre a organismos públicos como el Infonavit y su programa de Vivienda para el Bienestar. Este esquema atiende a trabajadores con percepciones de uno a dos salarios mínimos con propiedades de hasta 630 mil pesos.
Sin embargo, en medio de ambos extremos existe una vasta franja de la población: aquellos que perciben entre dos y seis salarios mínimos, es decir, ingresos de 19 mil a 57 mil pesos mensuales. Este sector no califica para los subsidios de los programas sociales, pero tampoco cumple con los estrictos filtros de solvencia de la banca comercial. Para ellos, la única alternativa viable en el mercado actual es el arrendamiento.
Las crisis habitacionales no estallan cuando los sectores de menores recursos se ven imposibilitados de comprar, una realidad histórica que han padecido de manera permanente. Estallan, tal como ocurrió en Europa, cuando las clases medias descubren que tampoco pueden hacerlo. México se encuentra en un momento crítico donde la aritmética del mercado empieza a reflejar una presión insostenible.


