El origen ancestral de los lamentos nocturnos en México
Durante la temporada de Día de Muertos en México, las calles se llenan de flores de cempasúchil, veladoras y el característico aroma del pan de muerto. Sin embargo, en medio de estas celebraciones, el imaginario colectivo suele dejar de lado a Cihuacóatl, la «madre de nuestros ancestros, los mexicas», una deidad prehispánica que también solía llorar amargamente por la pérdida de sus descendientes.
El lamento por sus retoños no es la única similitud entre Cihuacóatl y La Llorona. Ambas visten de blanco y tienen un semblante de «mujer noble», según detallan registros del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI). Estas coincidencias históricas han generado un debate constante entre historiadores y antropólogos sobre si se trata de la misma entidad mítica o si La Llorona es, en realidad, una adaptación colonial de la diosa mexica tras la Caída de la Gran Tenochtitlán.
La profecía y la furia de la diosa serpiente
De acuerdo con la información difundida por el Instituto Nacional de Pueblos Indígenas, la historia de Cihuacóatl incluye relatos que indican que «traía consigo predicciones de las guerras que estaban a pronto de suceder». Gracias a esta facultad profética, «cuando estaba próxima la llegada de los conquistadores ella dio el aviso y lloró por sus hijos ya que estos serían derrotados por los extranjeros». A pesar de este trágico episodio, la biografía mitológica de esta figura es mucho más antigua y compleja.
Los registros del Gobierno de México señalan que la «madre de los mexicas» solía ser representada portando serpientes, con el rostro pintado en tonalidades rojas, negras y blancas, además de vestir atuendos de carácter militar. Asimismo, dentro de la cosmovisión mexica, Cihuacóatl —también conocida bajo denominaciones como Cohuacíchuatl, Quilaztli o Yaocíhuatl— se encontraba estrechamente vinculada con la fertilidad agrícola. Esto la posicionaba como una de las deidades más veneradas y temidas, «ya que daba a nuestros ancestros la comida que ellos disfrutaban», aunque existía el temor constante de que su furia desatara sequías, motivando celebraciones frecuentes en su honor.
¿Es Cihuacóatl el verdadero antecedente histórico de La Llorona?
Una infografía institucional elaborada por el INAH puntualiza que la leyenda de esta deidad ha trascendido los siglos a través de la tradición oral, describiéndola como una mujer que «llora por sus hijos, que deambula en silencio entre las aguas, que es al mismo tiempo aviso y lamento». Debido a estas características, los especialistas consideran altamente probable que Cihuacóatl funcione como el sustrato prehispánico de La Llorona, puesto que «en sus apariciones se manifiestan las huellas de un dolor antiguo, un presagio de ruina, de pérdida y de transformación».
Como antecedente documental, Fray Bernardino de Sahagún documentó en el Libro VIII del Códice Florentino que, durante el mandato de Moctezuma II (1502-1520) y en medio de una severa hambruna de tres años, la deidad se manifestaba recurrentemente durante las noches en las calles de Tenochtitlan. En aquel relato histórico, la madre de los mexicas portaba vestimentas blancas y su doloroso grito cruzaba la oscuridad. Según el fraile franciscano, la frase expresada por la aparición, «¡Oh hijos míos, ya os dejo a vosotros!», funcionaba como un claro presagio del colapso del imperio mexica.
La evolución del mito tras la Conquista española
Para la antropóloga de la UNAM, Angélica Galicia Gordillo, la figura de La Llorona constituye un elemento fundamental dentro de la identidad cultural del país. El origen de este espectro nocturno representa una fusión compleja entre la tradición oral mesoamericana, heredada directamente de la diosa Cihuacóatl, y los conceptos morales de la religión católica introducidos durante el proceso de evangelización posterior a la Conquista.
Como resultado de este sincretismo, el mito adquirió una moraleja punitiva: el relato de una madre atormentada que, tras ahogar a sus propios hijos, es condenada a vagar eternamente por los ríos y calles lanzando gritos de desesperación. Esta transformación convirtió a la leyenda en una herramienta de control social y advertencia contra el pecado. «Las historias traducen miedos y tensiones colectivas en símbolos comprensibles», puntualiza la especialista universitaria al explicar cómo los temores comunitarios se adaptan en narrativas populares.
Por su parte, la Enciclopedia Britannica subraya que el folclore en torno a esta figura posee múltiples vertientes geográficas e históricas. Mientras algunas interpretaciones sostienen que nació en suelo mexicano, otras apuntan a raíces españolas transmitidas de forma oral. Asimismo, ciertos sectores académicos la vinculan con Coatlicue, la diosa terrestre, o incluso con Malintzin, conocida como La Malinche. Más allá de las diversas interpretaciones académicas y literarias, el mito perdura vigente, consolidándose como una de las leyendas más arraigadas e impactantes de la cultura latinoamericana.


