No es una obligación legal, pero sí es una compensación esperada en muchos sitios. Si a juicio de quien la recibe es muy reducida, puede ser interpretada como una ofensa, e incluso motivo de reclamación. Y solo si es muy generosa detona un agradecimiento sobresaliente.
En la mayoría de los establecimientos donde exigen propina en México, no te la facturan. En un nada menor universo de unidades productivas en donde se dan, son en efectivo. Y en la gran mayoría son, no siempre con justificación, un monto directamente proporcional al precio de lo que se está pagando.
En su definición original, una propina es una gratificación con la que se recompensa un servicio eventual. Algo intermedio entre un favor y un servicio con un precio explícitamente pactado. En su realidad extendida actual, se trata de un monto en dinero que se agrega al pago, en teórica señal de plena satisfacción con el servicio recibido.
Empiezo a advertir que la costumbre está entrando en conflicto con los montos y las formas. Démosles luz a tres ángulos de nuestra cotidianidad:
Pareciera que el SAT mide con dos varas.- La autoridad fiscal considera las propinas un ingreso del trabajador por ser parte del servicio que se presta en el establecimiento y le pide al patrón que las registre para el cálculo de ISR y, además, la Ley Federal del Trabajo las considera parte del salario del trabajador para otros fines.
Luce como una contradicción que, argumentando que una propina no es una venta directa del negocio que entrega el servicio, no se incluya en la factura. Y es que ese mismísimo negocio las recibe, concentra, registra y distribuye entre sus empleados con criterios administrativos en su pleno control. Lo que es ingreso gravable para unos, debiera ser deducible para quien así lo requiere.
Empiezan a parecer un subsidio al costo real de mano de obra.- Si no es voluntaria, si no es espontánea y si no es marginal en su ingreso, es un costo por el trabajo esencial trasladado al cliente con disfraz de propina.
El incremento de los porcentajes en algunos comercios, así como la solicitud injustificada de propina en puntos básicos de contacto con el cliente, es una distorsión del servicio esencial pactado. Algo está muy mal cuando la sonrisa depende de la propina y no del propósito de ser servicial y hospitalario.
La propina debe ser un extra por un servicio sobresaliente.- Que un botones te lleve al cuarto en un hotel laberíntico es esencial. Que haga tu estancia especial es algo recompensable. Que un cajero cobre un café que vas a recoger en la barra es una actividad indispensable. Que su terminal de pago solicite propina por recibir ese pago y entregar lo que compraste de pie es ‘una pasada de lanza’.
El buen servicio debe ser un estándar de todos los negocios con componentes así diseñados. Y sus trabajadores deben ser compensados por eso a plenitud. Los elementos esenciales del servicio vendido no debieran exigir propinas nunca. Su precio debe reflejar el estándar mínimo del entregable.
Crecen los establecimientos cuyas expectativas en los porcentajes o montos de las propinas hacen tremendamente incómodo el acto de pagar. Donde se exigen porcentajes mayores ‘porque el grupo es grande’. O cuyos trabajadores reclaman el monto de una propina porque no era lo que esperaban.
Soy partidario de las propinas como un elemento de gratificación adicional, sorpresiva, y sobre todo, en la medida de la capacidad y generosidad de cada uno. Me confieso adepto al sentido de gratitud. Dar siempre las gracias a un cliente por su compra y por cualquier cosa adicional que se reciba.
Bien decía mi abuela, la propina debe ser una forma monetaria de ser agradecido por más.


