Cuando éramos niños, mi hermano Juan abría una caja de LEGO con la emoción de quien está a punto de construir una pequeña obra de ingeniería. Sobre la mesa aparecían las piezas, las instrucciones y la promesa de crear algo con sus propias manos. Durante un tiempo creí que eso era exactamente lo que hacía.
Después entendí la diferencia entre ensamblar y crear. Juan colocaba cada pieza con paciencia, pero alguien más ya había imaginado y diseñado el objeto, hasta escrito las instrucciones. Él construía, sí, aunque dentro de una idea ajena.
México corre el riesgo de repetir esa escena a una escala mucho mayor.
Durante décadas convertimos la manufactura en una fortaleza nacional. La ubicación geográfica, la capacidad industrial y el talento de millones de trabajadores hicieron del país una plataforma de producción para el mundo. Ese logro no debe minimizarse. Generó empleo, exportaciones, infraestructura y experiencia técnica. Pero tampoco debemos confundir una plataforma de producción con soberanía tecnológica.
La frontera industrial ya se mueve hacia los semiconductores, los centros de datos, los equipos de cómputo y la infraestructura que sostiene la inteligencia artificial. La pregunta relevante no es cuántos componentes podremos ensamblar, sino cuánto valor podremos diseñar, patentar, financiar y vender desde México. Si las decisiones, la propiedad intelectual y los márgenes más altos permanecen en otro país, tendremos una maquila más sofisticada, pero maquila al fin.
El país ya empezó a reconocer el problema. El Plan México identifica a los semiconductores como una cadena estratégica y el proyecto Kutsari busca desarrollar diseño nacional de circuitos integrados desde Puebla, Jalisco y Sonora. La dirección es correcta. El error sería creer que un centro de diseño, por sí solo, crea una industria. Entre el laboratorio y el mercado hay patentes, proveedores, capital paciente, compras públicas, regulación y clientes. Si esa cadena no existe, el conocimiento vuelve a quedarse en un prototipo.
La Ciudad de México tiene una ventaja real. La ANUIES registró 1,040,016 estudiantes de educación superior en la capital durante el ciclo 2024-2025 y 161,575 egresados. Aquí conviven la UNAM, el IPN, la UAM, universidades privadas, centros de investigación, corporativos, inversionistas y una concentración empresarial difícil de replicar. Pero no nos engañemos: una gran matrícula no equivale a un ecosistema de innovación. El talento sin transferencia tecnológica, financiamiento y demanda se convierte en emigración, subempleo o conocimiento que otros países comercializan.
La capital no necesita otra oficina que imparta cursos y celebre concursos. Necesita una política que conecte cuatro cosas concretas: laboratorios con empresas; propiedad intelectual con capital; compras públicas con tecnología mexicana; y crédito con proyectos que tardan más que un ciclo político en madurar. La métrica no debe ser cuántos talleres se organizaron, sino cuántas patentes llegaron al mercado, cuántas empresas escalaron y cuánto valor permaneció en México.
También debemos abandonar una ilusión cómoda: la inteligencia artificial no empareja el piso. Puede abaratar la programación, el diseño y la experimentación, pero amplía la ventaja de quienes ya poseen datos, capacidad de cómputo, energía, talento especializado y capital. La ventana existe, pero no estará abierta para siempre.
Mi hermano seguía las instrucciones de aquella caja y construía algo admirable. México ya aprendió a armar las piezas del mundo. El siguiente paso es escribir las instrucciones.


