El revés inesperado para una estrategia de éxito
Durante los últimos dos años, Gap Inc. logró revertir su mala racha gracias a una estrategia clara: revitalizar sus piezas más icónicas de la época dorada de los centros comerciales. Sin embargo, su más reciente apuesta generó una fuerte controversia en el ecosistema digital. La marca presentó una colección de edición limitada diseñada por Zac Posen, la cual rendía homenaje a un popular suéter de rayas de los años noventa. Para adaptarlo al verano, el modisto reinterpretó el tejido original imprimiendo su diseño sobre una ligera malla de poliéster y elastano.
Lejos de ser recibido con entusiasmo, el lanzamiento desató una ola de críticas en las redes sociales. En un video que superó el medio millón de reproducciones, la creadora de contenido @refashionedhippie calificó la colección como “todo lo que está mal en la moda actual”. La reacción generalizada de los consumidores se redujo a una interrogante recurrente: ¿poliéster en prendas de este tipo?
El dominio de los sintéticos y el hartazgo del mercado
La fuerte oposición hacia este material puede parecer contradictoria si se toma en cuenta que el poliéster representa la mayor parte de la producción mundial de fibras. Al igual que el resto de la industria, las grandes marcas llevan décadas utilizando derivados del petróleo debido a su bajo costo frente a las opciones naturales como el algodón, el lino o la lana. Esta tendencia se intensificó con el auge de los gigantes de la moda rápida y, más recientemente, con plataformas de comercio electrónico como Shein y Temu, que inundaron el mercado global con ropa económica.
No obstante, una parte importante de los compradores comenzó a mostrar signos de saturación. Tras adquirir prendas de baja durabilidad que se deterioran con rapidez, o debido a una mayor conciencia sobre la presencia de plásticos en su vida diaria, los consumidores cuestionan cada vez más el impacto de estos textiles en su salud y en el medioambiente. Como resultado, firmas de diversos segmentos han comenzado a ajustar su oferta, apostando por materiales naturales como el algodón orgánico o la cachemira para conectar con un público más exigente.
Una historia cíclica de aceptación y rechazo
El rechazo actual hacia las fibras sintéticas no es un fenómeno nuevo, sino parte de una dinámica histórica que se repite desde la introducción masiva del nailon, el acrílico y el poliéster en la década de 1950. En sus inicios, estos materiales fueron celebrados por su practicidad, especialmente por facilitar las tareas domésticas al secarse rápido y no requerir planchado. Para los años sesenta, “el poliéster, al igual que el plástico, se convirtió en un ícono de la modernidad”, impulsando la estética vanguardista de la época gracias a sus colores vibrantes y pliegues permanentes.
Sin embargo, a medida que los fabricantes incrementaron la producción y abarataron los costos en los años setenta, la calidad disminuyó drásticamente. En medio de la crisis petrolera y el auge de los movimientos ambientalistas, la percepción pública cambió por completo: el material pasó a ser visto como un producto vulgar, contaminante y asociado a la mala calidad. La repulsión llegó a tal punto que el legendario club nocturno Studio 54 prohibió la entrada a quienes vistieran prendas de poliéster.
Desde entonces, la popularidad de estas fibras ha oscilado según el contexto tecnológico y cultural. Cada vez que los consumidores perciben que la industria satura el mercado con productos petroquímicos deficientes, resurge la pregunta sobre la conveniencia de utilizar este tipo de textiles, un ciclo que hoy vuelve a repetirse en la industria de la indumentaria.


