La Union Europea lleva años pidiendo a Estados Unidos armas, dinero y un mayor compromiso con Ucrania. Lo hace en nombre de una alianza y de una amenaza que considera común. Pero cuando Washington pide a esos mismos aliados que lo ayuden a enfrentar otra amenaza, las obligaciones parecen cambiar. Ser aliado, al parecer, depende de quién necesita la ayuda.
Ucrania no es miembro de la OTAN. El Artículo 5, cláusula de defensa colectiva, no aplica. Sin embargo, desde la invasión rusa de febrero de 2022, EU ha destinado recursos militares y financieros a Ucrania. El argumento fundamental europeo es preventivo. No sostiene que Rusia ya haya atacado Alemania o Polonia. Sostiene que permitir que Rusia consiga sus objetivos en Ucrania aumentaría el peligro futuro para Europa. Por lo tanto, es racional actuar antes.
Esa misma lógica puede plantearse respecto de Irán. Los casos no son jurídicamente equivalentes; lo comparable es el principio preventivo. Actuar frente a una amenaza cuya dimensión futura no puede conocerse con certeza. Irán llevaba años ampliando su capacidad de producción de misiles balísticos y drones. Imágenes satelitales analizadas por Reuters mostraron una importante expansión de dos instalaciones iraníes. Funcionarios iraníes confirmaron que el objetivo era aumentar la fabricación de misiles y drones.
Al mismo tiempo avanzaba su programa nuclear. En mayo de 2025, el Organismo Internacional de Energía Atómica calculaba que Irán había acumulado aproximadamente 409 kilos de uranio enriquecido hasta 60%, muy por encima de los niveles utilizados normalmente para fines civiles. Existe además una conexión que Europa difícilmente podía ignorar. Irán contribuía directamente a la capacidad militar rusa en la misma guerra que Occidente intenta contener. Desde 2022 suministró a Rusia drones Shahed utilizados contra Ucrania y posteriormente transfirió tecnología y conocimientos para producirlos en territorio ruso. Para septiembre de 2024, Ucrania calculaba que Rusia había lanzado más de 8,000 drones de diseño iraní. Mientras Europa pedía a Washington mayores recursos para frenar a Rusia, Teherán contribuía a sostener la capacidad rusa para atacarla.
En el caso iraní, además, EU no alegaba solamente una amenaza futura. Durante años, milicias vinculadas a Irán atacaron personal e instalaciones estadounidenses. Washington documentó formalmente esos ataques ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas e invocó el Artículo 51 de la Carta de la ONU, que reconoce el derecho de legítima defensa. En junio de 2025 volvió a vincular ataques contra personal e instalaciones estadounidenses.
Esto no demuestra que cualquier respuesta militar estadounidense fuera automáticamente correcta. Pero sí cambia la discusión, Washington no decía simplemente: “Irán podría atacarnos algún día”. Fuerzas vinculadas a Irán llevaban años atacando estadounidenses mientras Teherán aumentaba su capacidad de producir misiles y drones, avanzaba en su programa nuclear y ayudaba militarmente a Rusia. El razonamiento tenía dos componentes, disuasión, para señalar que esos ataques no podían continuar indefinidamente sin consecuencias, y prevención para evitar que un adversario que ya había demostrado capacidad y disposición para atacar adquiriera capacidades todavía mayores.
No hace falta afirmar que Irán había decidido fabricar una bomba nuclear ni predecir cuándo podría hacerlo. Tampoco sabemos si Rusia habría atacado Polonia, Estonia o cualquier otro miembro de la OTAN dentro de uno o cinco años. En ninguno de los dos casos conocemos el futuro. Europa tiene derecho a considerar equivocados, innecesarios o desproporcionados los ataques estadounidenses contra Irán. Lo que debe explicar es por qué el principio de anticiparse a una amenaza futura es válido cuando exige recursos estadounidenses para contener a Rusia, pero pierde fuerza cuando Washington identifica una amenaza propia que, además, ayudaba militarmente a Rusia.
La contradicción se hace todavía más evidente. Cuando Irán restringió severamente el tránsito por el estrecho de Ormuz y Washington pidió ayuda para reabrirlo, los aliados europeos se resistieron a involucrarse directamente. Europa puede sostener que su seguridad es una responsabilidad transatlántica, resulta más difícil sostener al mismo tiempo que proteger una vía marítima internacional esencial para la economía mundial es fundamentalmente responsabilidad de Washington, porque fue quien creo el problema.
Ahí la discusión dejó de ser solamente sobre Irán y Estados Unidos. Pasó a ser sobre quién debe defender una vía marítima internacional y qué significa ser aliados. Seguirá…


