En una reunión, la gobernadora de Colima, Indira Vizcaíno, me hizo una pregunta directa: “Adal, ¿estás a favor de los programas sociales?”. Le respondí que sí. Después pensé que llevamos demasiado tiempo discutiendo si los apoyos son buenos o malos, cuando la pregunta debería ser otra: ¿qué cambia en la vida de alguien después de recibirlos?
Creo en los programas sociales cuando se entienden como inversión. Cuando alivian una necesidad inmediata, pero también permiten construir un futuro distinto. Entregar dinero o materiales puede resolver el día; lo difícil, y lo valioso, es conseguir que ese impulso alcance para cambiar los años siguientes.
Por eso me interesó lo que ocurre en Colima. Hay una historia que merece atención: ColiBecas, una política que acompaña a estudiantes de escuelas públicas en distintas etapas de su formación.
En muchos hogares, volver a clases significa hacer cuentas. Los hijos esperan reencontrarse con sus compañeros; sus padres calculan útiles, transporte e inscripciones. A veces la diferencia entre seguir estudiando y abandonar la escuela no es la falta de ganas, sino lo que falta en la cartera. Detrás de cada decisión hay una historia que casi nunca conocemos y una posibilidad que podemos perder como país.
Prefiero no detenerme en cuántas mochilas o computadoras se han entregado. Una entrega deja una buena fotografía, pero el resultado que importa ocurre después, cuando un estudiante continúa en el aula y alcanza el siguiente ciclo escolar. Por eso, hablar de permanencia escolar es hablar también de confianza en lo que viene.
Hay señales importantes. Según la Secretaría de Educación Pública (SEP), Colima tuvo 0.1% de abandono en primaria en 2023-2024: el ciclo cerró con más estudiantes de los que iniciaron. En secundaria, bajó de 7.3% en 2021-2022 a 4.5% en 2023-2024. El gobierno estatal ha informado que algunos alumnos que abandonaron la secundaria en la pospandemia regresaron a clases. Son avances que deben consolidarse: el verdadero alcance de una política educativa se conoce con el tiempo.
Una experiencia internacional ayuda a entenderlo. En Brasil, Bolsa Família comenzó en 2003 con transferencias a familias de bajos ingresos ligadas a la asistencia escolar y la atención de salud. Con los años surgió una pregunta más exigente: ¿qué ocurrió con esos niños cuando crecieron?
En Brasil, siete de cada diez jóvenes que recibían Bolsa Família en 2014, cuando tenían entre 15 y 17 años, ya no figuraban en el programa en 2025. Salir del padrón no demuestra por sí solo haber superado la pobreza, pero sí abre una conversación necesaria sobre las oportunidades que pueden construirse a partir de un apoyo.
Brasil y Colima no aplican programas idénticos ni llevan el mismo tiempo evaluándolos. Sin embargo, comparten una lección: el valor de una beca no termina cuando se deposita. Empieza a revelarse cuando una generación permanece en la escuela, se gradúa y encuentra opciones para ganarse la vida.
Quienes dirigimos empresas hablamos de productividad y competitividad. Pero el talento no aparece el día en que abrimos una vacante: se forma durante años, muchas veces en hogares donde permanecer en la escuela supone un sacrificio. La educación es una inversión que debe trascender cualquier calendario de gobierno.
Vuelvo a aquella pregunta de Indira. Sí, estoy a favor de los programas sociales cuando abren oportunidades. Ojalá esos indicadores sigan mejorando: al final, son las vidas que cambian las que hablan por una política pública.


