La austeridad ‘franciscana’, una camisa de fuerza autoimpuesta

Todos los integrantes de la autodenominada ‘Cuarta Transformación’ viven con el divino mandamiento de la austeridad republicana, o incluso la “pobreza franciscana”, como una auténtica camisa de fuerza. Podría decirse que ellos no lo eligieron, que fue un designio del patriarca, pero al haber abrazado al “movimiento”, se convierte en su elección conducirse así, y ahora a varios les cuesta mucho trabajo ceñirse a lo pregonado.

El caso más reciente es el del senador morenista Javier Corral, quien reconoció, luego de que fue balconeado en un video, que viajó a Mazatlán en clase Premier, pero que fue “por ascenso”, pues “nunca he pagado tarifa de primera clase”, y alegó que “el único lujo que disfruté fue la bolsita de cacahuates”.

Para fortuna del chihuahuense, el caso no causó tanto revuelo como la polémica de su compañera de bancada Malú Mícher, quien, desde su posición privilegiada de senadora, quiso llamar a cuentas a Aeroméxico para que explique por qué cambiaron sus políticas para restringir el ingreso a sus Salones Premier únicamente a clientes de vuelos internacionales o a ciertos tarjetahabientes. A la legisladora la tundieron en redes porque, habiendo tantos problemas en el país, dedicaba tiempo a reclamar por el acceso a las salas VIP de un aeropuerto.

Y hablando de salas VIP, otra reciente es la del senador Jorge Carlos Ramírez Marín, también de la ‘4T’ (PVEM), quien admitió que buscó que se preguntara a la cancillería por qué se cambió el uso del salón de protocolo para recepción de diplomáticos en el AICM, que antes –dijo– estaba destinado al uso de los tres poderes. Quiso acotar que él sólo quería saber –ya ven que son bien curiosos– y nunca solicitó el uso de ese espacio para disfrute de los legisladores, pues “no buscaban privilegios”…

De poco le valió su alegato, pues antier el yucateco se llevó una reprimenda de la presidenta Sheinbaum, quien advirtió –como lo ha dicho siempre, pero nomás no entienden– que “los representantes del pueblo no tenemos por qué tener privilegios (…) no por ser senador o diputado ya tienes el privilegio de entrar a no sé qué salones, eso es parte del pasado, y hay que quitarlo”.

Y a esos tres casos más frescos se suman otros también recientes, como las joyas y la vida de lujo que lleva la secretaria de Turismo, Josefina Rodríguez, o los múltiples viajes en jets privados de la gobernadora de Quintana Roo, Mara Lezama, ambos casos ventilados por Reforma hace unas semanas.

Y ya si nos vamos más atrás, está la buena vida que se dio Andy López Beltrán en Japón. O las críticas al senador morenista Fernández Noroña por sus viajes de placer a Europa. Este alega que los ha pagado con sus recursos, que ni un centavo ha sido con cargo al erario y que tiene todo el derecho, como cualquier ciudadano, a ir de vacaciones a donde se le pegue la gana.

Y Noroña ¡tiene razón! No tendría nada de malo que alguien, quien fuera, así sea empleado público, disfrute como mejor le parezca el fruto de su trabajo yendo a pasear a Italia, como Noroña. No tendría tampoco nada de malo que un senador como Corral de pronto tuviera la oportunidad de volar en clase Premier si sus millas de viajero frecuente se lo permiten. Pero ellos solitos se han autoimpuesto esa camisa de fuerza por un discurso demagógico y mal entendido de lo que es la austeridad. Trasladaron la austeridad en el ejercicio de recursos públicos al ámbito personal, a pregonar una falsa modestia, a presumir sobriedad, mesura y justa medianía. ‘Se puede vivir con un par de zapatos y 200 pesos en la cartera’, decía López Obrador. Demagogia pura.

Una cosa es evitar el dispendio, el derroche de recursos públicos, el despilfarro del presupuesto, los sueldos estratosféricos, camionetas blindadas, banquetes, la compra de toallas de lujo –toallagate de Fox y Martita–….

Prohibir eso a un funcionario público está bien. Máxime cuando son gastos con cargo al erario. Pero si hoy se sataniza viajar en Business o vacacionar fuera del país, pues es porque ellos solitos gritaron que eso era impúdico. Así que, perdón senador Corral, pero tendría que haberle dicho a la aerolínea ‘No, muchas gracias, yo viajo con el pueblo, me voy en clase económica’… ¿Ese ridículo han alardeado?, bueno, pues ahora asúmanlo y sean congruentes.

El punto aquí es no caer en el absurdo. Que con tal de presumir que se hizo a un lado el avión presidencial, Sheinbaum deba tomar vuelos comerciales y hacer casi nueve horas al G7 en Calgary por la escala, o que se demore más de dos horas la salida a Barcelona y casi llegue tarde al compromiso.

Y hablando del uso de aeronaves oficiales, el gobernador de Puebla, Alejandro Armenta, fue blanco de críticas por su constante uso del helicóptero oficial. El morenista justificó que el helicóptero le permite reducir de seis horas por carretera a 40 minutos los viajes a zonas apartadas para atender a la población afectada por contingencias. Y se quiso hacer el mártir: “Si tengo que subirme mil veces al helicóptero arriesgando mi vida, lo voy a hacer”.

Si volar en una aeronave oficial a una comunidad apartada implica brindar apoyo de manera más oportuna a la población y eficientar la labor de gobierno, excelente, para eso es el helicóptero de gobierno. El problema es cuando se abusa o se usa para beneficio personal –¿verdad, David Korenfeld?–.

Habría que indagar si Armenta efectivamente usa el helicóptero sólo para tareas de gobierno, pero el fondo de todo esto es que el tema de la austeridad tendría que verse en su justa dimensión y sin demagogia. Mientras los morenistas sigan pregonando que emulan a San Francisco de Asís, cualquier tufo a lujo o privilegio, así sea con sus recursos, será criticado y seguirán siendo señalados.

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