El impacto de la inteligencia artificial en la creación artística
La presencia de la inteligencia artificial genera debates profundos en distintos ámbitos de la cultura actual. Mientras su uso en la vida cotidiana y en las redes sociales se expande con rapidez —a menudo vinculado a la desinformación o la manipulación de contenidos—, el sector cultural mantiene una postura de defensa férrea hacia los métodos tradicionales de producción intelectual. A pesar de que se acepta su asistencia en tareas técnicas, la intromisión de estas tecnologías en la creación literaria desata fuertes controversias.
Recientemente, el sector literario se vio sacudido por casos como los del quebequense Thélyson Orélien y el peruano David Silva Rojas, quienes obtuvieron galardones literarios con trabajos presuntamente elaborados mediante modelos de lenguaje en más de un 95 por ciento. Estas situaciones se suman a las declaraciones de figuras como Olga Tokarczuk, quien reconoció utilizar herramientas tecnológicas para investigar y experimentar en su proceso creativo, lo que desató una ola de exigencias de explicaciones por parte de lectores y editores.
Cuestionamientos al mérito y la calidad literaria
La indignación ante estos episodios trasciende el simple engaño a los jurados y editoriales. El uso de la tecnología pone en jaque conceptos fundamentales como el mérito, la autoría y la calidad estética. Por un lado, se percibe que el empleo de sistemas automatizados representa una ventaja desleal frente al esfuerzo prolongado que realizan los escritores tradicionales. Esto genera un profundo malestar entre autores amateurs y semiprofesionales que compiten en un mercado editorial altamente elitista, donde solo un ínfimo porcentaje logra vivir de su obra.
Por otro lado, el desarrollo de un proyecto con asistencia tecnológica no está exento de decisiones humanas. Requiere definir necesidades formales, seleccionar, descartar y depurar contenidos mediante un diálogo constante con la herramienta. Si estas obras logran superar los filtros de jurados prestigiosos —como los que evaluaron el certamen ganado por Silva Rojas, conformado por Cristina Rivera Garza, Selva Almada y Mónica Ojeda—, las conclusiones posibles son drásticas: o bien la producción tecnológica ha alcanzado niveles notables de calidad, o los criterios tradicionales de valoración literaria y la figura de la autoridad experta atraviesan una crisis profunda.
Hacia una escritura ampliada y colectiva
Este fenómeno recuerda al ocurrido en 2023, cuando el fotógrafo alemán Boris Eldagsen ganó los Sony World Photography Awards con una imagen generada parcialmente por IA, con el propósito de abrir un debate sobre los límites del arte. Eldagsen propuso el término promptografía para definir esta práctica, una lógica que en el ámbito de las letras podría traducirse como promptoescritura.
Esta perspectiva dialoga con la anunciada muerte del autor planteada por teóricos como Roland Barthes, quien sostenía que todo texto es un entramado de ideas previas. En la misma línea, la noción de escrituras geológicas propuesta por Cristina Rivera Garza sugiere que el pensamiento se compone de múltiples capas, sedimentos y voces colectivas.
No obstante, surge una tensión insalvable: mientras la teoría postula que toda escritura es colectiva y ampliada, la práctica del mercado editorial se sustenta en la individualidad, los premios y el éxito comercial. Presentar una obra colectiva o asistida como un producto estrictamente personal no solo resulta cuestionable desde el punto de vista ético, sino que colisiona directamente con las reglas económicas del mundo del libro.


