La paradoja del sistema SPEI en México: dos décadas de vanguardia técnica frente a una baja adopción

La paradoja del sistema SPEI en México: dos décadas de vanguardia técnica frente a una baja adopción

A pesar de haber cumplido 22 años en funcionamiento, el Sistema de Pagos Electrónicos Interbancarios (SPEI) en México enfrenta un marcado contraste: mientras su infraestructura se mantiene como pionera en la región, la nación continúa rezagada en el uso cotidiano de transacciones digitales en comparación con el resto de Latinoamérica.

El contraste frente a otros mercados de la región

El informe titulado Rieles de pago en América Latina pone en evidencia una brecha significativa entre las distintas economías del continente. Mientras que en Brasil el volumen de pagos instantáneos representa un 306% del Producto Interno Bruto (PIB) y cada ciudadano efectúa un promedio de 31 transacciones mensuales por este medio, el escenario mexicano es drásticamente distinto.

En territorio nacional, las operaciones digitales alcanzan apenas un 12% del PIB, con un promedio de 3 transacciones por persona al mes. Este registro coloca al país entre las tasas más bajas del bloque regional, situándolo al nivel de mercados cuyas plataformas de pagos instantáneos apenas suman unos cuantos meses de operación, a diferencia de los 22 años con los que cuenta el esquema mexicano.

Lanzado oficialmente en agosto de 2004 —mucho antes de la llegada de Pix en Brasil en 2020 o Bre-B en Colombia previsto para 2025—, el sistema nacional ha evolucionado hacia esquemas de segunda generación. No obstante, la continua actualización técnica no ha sido suficiente para masificar su uso, manteniéndose limitado principalmente a sectores de la población que ya se encuentran bancarizados y formalizados.

El reto estructural de la economía informal y las remesas

Este fenómeno también se observa claramente en el sector de las remesas. México funge como el corredor de transferencias internacionales más grande del mundo, con una recepción cercana a los 61,800 millones de dólares anuales. Sin embargo, una parte sustancial de estos recursos se retira en efectivo debido a la falta de liquidez en muchos comercios locales que operan como puntos de disposición, provocando que el dinero retorne a la informalidad antes de transitar por canales digitales.

Expertos señalan que el obstáculo principal no radica en la tecnología, sino en factores de carácter estructural. Por un lado, la economía informal predomina en una gran cantidad de pequeños negocios que operan al margen de la formalidad financiera. Ninguna optimización en la infraestructura digital resolverá este desafío por sí sola si la banca y las empresas de tecnología financiera (Fintech) no proveen soluciones accesibles para digitalizar los cobros en los puntos de venta.

La crisis generacional en la banca tradicional

Por otro lado, existe un factor menos visible pero igualmente determinante: el envejecimiento del talento técnico encargado de operar los sistemas centrales de las instituciones bancarias del país. Según indicó un gerente de canales de un banco nacional ubicado entre los diez principales del sistema, el núcleo tecnológico de múltiples entidades financieras resulta sumamente antiguo, al tiempo que los programadores especializados en dichos lenguajes alcanzan la edad de jubilación sin un relevo generacional disponible.

Los pagos instantáneos exigen contabilidad en tiempo real, mecanismos antifraude inmediatos, validaciones de normatividad en vivo y una gestión continua de liquidez. Estas funciones contrastan con los sistemas legados tradicionales, diseñados originalmente para operar mediante procesos por lotes y ventanas nocturnas.

Hacia una estrategia integral de digitalización

Superar el rezago en la adopción del SPEI requiere replantear las estrategias de usabilidad tanto para los ciudadanos como para los establecimientos comerciales, mediante el desarrollo de servicios digitales sencillos y de alto valor agregado.

Para lograrlo, las instituciones financieras deben desacoplar su infraestructura de pagos de los sistemas tradicionales, garantizando mayor agilidad operativa sin comprometer la continuidad del negocio, además de invertir en la formación de nuevas generaciones capaces de administrar y evolucionar estos sistemas. El futuro de la competencia bancaria en el país dependerá de la capacidad de los actores financieros para transformar la infraestructura existente en soluciones accesibles para toda la sociedad.

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