Un legado milenario bajo el pavimento capitalino
Cuando se aborda el tema de la fauna emblemática del territorio mexicano, el ajolote suele acaparar los reflectores; sin embargo, comparte un sitio de honor con el calupoh, un fascinante ejemplar conocido popularmente como perro-lobo. Detrás de este animal se esconde una profunda tradición histórica que lo posiciona como la tercera raza canina originaria de México, la cual cuenta con el reconocimiento oficial de la Federación Canófila Mexicana.
La existencia formal de esta estirpe comenzó a revelarse hace casi cinco décadas. Durante las labores de excavación emprendidas tras el histórico hallazgo del monolito de Coyolxauhqui, fechado el 21 de febrero de 1978, los arqueólogos desenterraron los restos de un espécimen con características morfológicas intermedias entre un canino y un lobo, depositados cerca de la zona arqueológica del Templo Mayor.
El riguroso análisis científico detrás del misterio
A partir de aquel suceso, expertos adscritos al Laboratorio de Paleozoología del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) profundizaron en el estudio de estos restos óseos, cuya antigüedad estimada oscila entre los 700 y mil años.
El objetivo principal de los especialistas era descartar o confirmar si se trataba estrictamente de un lobo silvestre. No obstante, al cotejar las piezas con decenas de cráneos y mandíbulas pertenecientes a lobos, perros domésticos e híbridos, comprobaron la coexistencia de rasgos de ambas especies. Esto robusteció la teoría de que se encontraban ante un ejemplar híbrido o loberro.
El trasfondo cultural de este animal también posee matices enigmáticos. De acuerdo con el arqueozoólogo de la UNAM, Raúl Valadez, en la época prehispánica existía la usanza ritual de llevar a una hembra de perro en celo hacia las zonas boscosas para propiciar su reproducción con lobos silvestres.
Dicha práctica ancestral propició el surgimiento de criaturas dotadas de un elevado valor simbólico en los rituales mesoamericanos, cuyos vestigios arqueológicos permitieron fundamentar, siglos más tarde, la denominación oficial del calupoh dentro del catálogo de razas nacionales.
Rasgos físicos y comportamiento del loberro mesoamericano
En cuanto a su apariencia, estos animales habitaban la región de Mesoamérica, alcanzando una estatura que iba desde los 60 hasta los 90 centímetros. Su pelaje se caracterizaba por tonos oscuros, predominantemente negros, aunque también se han documentado ejemplares con tonalidades plateadas y blancas que acentuaban su parecido con los cánidos salvajes, según datos de la Secretaría de Cultura capitalina.
A pesar de su estampa imponente y de conservar ciertos instintos de naturaleza silvestre, los expertos señalan que se trata de criaturas sumamente reactivas que prefieren evitar el trato con personas ajenas a su entorno, sintiéndose seguros únicamente junto a quienes identifican como parte de su grupo o manada. Por esta razón, la creencia popular de que funcionaban como guardianes protectores carece de sustento científico formal.
Actualmente, la comunidad científica continúa aplicando pruebas genéticas avanzadas para determinar con exactitud qué porcentaje de su carga genética proviene de los antiguos lobos y qué proporción corresponde al perro doméstico.
Las tres razas caninas que representan a México
El territorio mexicano reconoce de manera oficial a tres estirpes caninas autóctonas: el xoloitzcuintle, el chihuahueño y el calupoh, respaldados por las investigaciones de máxima casa de estudios del país.
El xoloitzcuintle, catalogado como uno de los linajes más añejos del continente americano, destaca por la total carencia de pelaje y su profundo arraigo en la cosmovisión prehispánica vinculada al inframundo, ya que la tradición mitológica le atribuía la tarea de guiar a las almas hacia el Mictlán.
Por su parte, el perro chihuahueño, oriundo de la zona norteña del país y distinguido universalmente por sus reducidas dimensiones, conforma junto con los anteriores el trío de razas nacionales oficialmente avaladas. El calupoh se integró a este selecto grupo gracias a la convergencia de estudios históricos, excavaciones arqueológicas y análisis genéticos que rescataron del olvido una tradición centenaria de hibridación en el México antiguo.


