La industria va a dos velocidades

Tras dos años de ser el lastre de la economía mexicana, la industria empieza a convertirse en su motor.

El Indicador Mensual de la Actividad Industrial, que dio a conocer el lunes el INEGI, muestra que en agosto la producción creció en 0.6 por ciento respecto a julio, su tercera alza mensual consecutiva, y en 3.6 por ciento a tasa anual —quinto mes seguido con incremento anual—, el mayor ritmo en 34 meses, desde octubre de 2023.

Hay más señales de fuerza. Las manufacturas alcanzaron un índice de 108.2 puntos (base 2018=100), el nivel más alto desde que hay este registro. La construcción creció 7.9 por ciento anual, cuando a inicios de 2025 caía 8 por ciento. Una base de comparación débil ayuda a que la cifra sea elevada —agosto del año pasado fue un mal mes—, pero no la explica por completo.

La radiografía detallada, sin embargo, cuenta una historia menos pareja.

En el acumulado de enero a agosto la industria apenas creció 0.8 por ciento y, de las 21 ramas manufactureras, solo cinco registran avances en ese periodo, de acuerdo con cifras originales; 16 siguen en terreno negativo. En la comparación anual de agosto ya son diez las que crecen. La recuperación se ensancha, pero la mitad de la manufactura continúa cayendo.

La línea que divide a ganadores y rezagados es a quién le venden. Crecen los que producen para la demanda industrial de Estados Unidos y para los proyectos del Estado mexicano; caen los que dependen del consumidor nacional.

Del lado exportador, la fabricación de equipo de cómputo y electrónica aumentó 12.2 por ciento anual y acumula cinco meses seguidos de alzas mensuales. Los analistas de Banamex atribuyen la sorpresa positiva de agosto, en buena medida, a la proveeduría hacia los centros de datos de inteligencia artificial en Estados Unidos, junto con la refinación y también el equipo de transporte, que avanzó 5.6 por ciento. Además, la maquinaria creció 4.9 por ciento.

Lo que hace posible lo anterior es que alrededor de 85 por ciento de las exportaciones mexicanas entra a Estados Unidos libre de arancel al amparo de las reglas de origen del T-MEC. Banorte, por su parte, observa que el repunte manufacturero es consistente con el dinamismo de las exportaciones y que contrasta con la debilidad industrial del propio Estados Unidos.

Del lado del Estado aparecen las dos variaciones más altas de todo el cuadro sectorial: las obras de ingeniería civil crecieron 17.6 por ciento anual, ahí están los trenes de pasajeros, además del programa carretero, mientras que la fabricación de derivados del petróleo aumentó 21.4 por ciento, reflejo del mayor proceso de crudo en las refinerías Olmeca y Tula. En el mes de agosto, la elaboración de petrolíferos, creció 20.7 por ciento. La edificación, otro de los motores, avanzó 7 por ciento.

Del otro lado está casi todo lo que vive del mercado interno. La industria alimentaria, la rama más grande de la manufactura, cayó 2.3 por ciento anual; los muebles, 8.8; las prendas de vestir, 3.7, y el cuero y calzado, 4.0 por ciento.

La minería, presionada por el declive de los campos petroleros y la menor inversión, produce hoy 12 por ciento menos que en 2018. Y un dato que llama la atención: los minerales no metálicos, de donde salen el cemento y el vidrio, caen 1.4 por ciento pese al auge constructor.

Esa asimetría ayuda a entender una aparente paradoja: mientras el volumen manufacturero toca máximos, el Indicador IMEF del sector hiló en agosto 29 meses en zona de contracción.

No hay contradicción. Los índices de difusión capturan amplitud, no peso: si la mayoría de las ramas cae, el termómetro marca frío aunque unas cuantas, grandes y exportadoras, jalen el agregado.

¿Es sostenible el impulso? El FMI, que a comienzos de octubre elevó a 1.5 por ciento su previsión de crecimiento para México este año, lo atribuye al dinamismo del comercio exterior, en particular de las exportaciones hacia Estados Unidos. Goldman Sachs es más cauto: ve perspectivas todavía tibias para la industria por las presiones de costos, la incertidumbre comercial y política y la débil confianza empresarial, aunque un repunte de la inversión daría soporte en el corto plazo.

A ello se suman dos pruebas en el horizonte. Una es fiscal: buena parte del empuje constructor es obra pública y habrá que ver su ritmo en un contexto de consolidación de las finanzas. Otra es comercial: la revisión del T-MEC ya corre —desde el 2 de octubre está abierta la consulta pública del USTR, luego de que Washington optó por no renovar el tratado en su forma actual y dejarlo sujeto a revisiones anuales hasta 2036— y de su desenlace depende el acceso preferencial que hoy sostiene al complejo exportador.

Por lo pronto, la fotografía de agosto es nítida: la recuperación industrial es real, pero viaja a dos velocidades.

Su verdadera prueba será generalizarse, es decir, que el crecimiento deje de depender de unas cuantas ramas y de la obra pública, y alcance también a las fábricas que viven del bolsillo de los consumidores mexicanos.

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